diciembre 10, 2020 2 Tiempo de Lectura

Antiguamente existía la costumbre pagana de venerar a los árboles, representaban la fertilidad y  la regeneración. El cristianismo adoptó y transformó estas costumbres, ante la imposibilidad de erradicarlas. 

Cuenta  la leyenda de que en el siglo VIII  había un roble consagrado a Thor en la región de Hesse, en el centro de Alemania. Durante el solsticio de invierno de cada año, se ofrecía un  sacrificio. El evangelizador Bonifacio  en el año 740 taló el árbol, ante la mirada de los lugareños y plantó un abeto, un árbol de paz que "representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes" y porque su copa "señala al cielo". A su vez la forma de triángulo simboliza a la Santisima Trinidad. El árbol fue adornado con manzanas ( simbolizaban la tentación cristiana) y velas ( la luz del mundo y la gracia divina).

Con el tiempo se comenzó a decorar con bolas y guirnaldas, y la historia dice que esta tradición comenzó en Alemania en el siglo 1605. En Finlandia  llegó en 1800. Al  Reino Unido en 1841, le llegó por la influencia del príncipe Alberto, esposo de la Reina Victoria.

En España, se introdujo gracias a la princesa rusa Sofía Troubetzkoy,esposa de Pepe Osorio marqués de Alcañices y alcalde de Madrid a finales del siglo XIX. En la  primera Navidad que pasaron juntos en 1869, en el Palacio de Alcañices, actual Banco de España, la princesa  decidió decorar la residencia a la moda europea y ordenó instalar un gran abeto. Madrid se convirtió así en el primer lugar de España en el que una casa lució un árbol de Navidad.

 

 

 

 

 

 

 


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